La Beata María Caridad Brader fue una religiosa suiza, fundadora de la Congregación de las Hermanas Franciscanas de María Inmaculada. Nació el 14 de agosto de 1860 en Kaltbrunn, Suiza, y desde joven sintió una fuerte vocación religiosa. Ingresó en la Congregación de las Franciscanas de María Auxiliadora y, en 1888, aceptó la misión de viajar a Ecuador como misionera.
Más tarde, en 1893, se trasladó a Colombia, donde dedicó su vida a la educación y asistencia de los más necesitados. En 1894, en Túquerres (Nariño), fundó la Congregación de las Hermanas Franciscanas de María Inmaculada, con el propósito de evangelizar y servir en el ámbito de la educación y la caridad. Su vida estuvo marcada por una profunda devoción a la Eucaristía y un amor inquebrantable por los pobres.
Madre Caridad Brader falleció el 27 de febrero de 1943 en Pasto, Colombia. Fue beatificada por el Papa Juan Pablo II el 23 de marzo de 2003, en reconocimiento a su labor misionera y su vida de santidad. Su legado continúa vivo a través de la obra de su congregación, que sigue sirviendo en distintos países del mundo.
Para nuestra Institución Educativa Nuestra Señora de las Lajas, La Beata Madre Caridad Brader fue un faro de luz y esperanza para quienes más lo necesitaban, una mujer de fe inquebrantable que dedicó su vida al servicio de Dios y de los más pobres y vulnerables. Con un corazón lleno de amor y entrega, dejó atrás su tierra natal en Suiza para llevar el mensaje del Evangelio a América Latina, entregándose por completo a la educación y formación de niños, jóvenes y comunidades enteras. En Colombia, con valentía y determinación, fundó la Congregación de las Hermanas Franciscanas de María Inmaculada, un legado que sigue vigente y que continúa transformando vidas a través de la educación, la asistencia social y el amor cristiano. Su vida fue un testimonio de humildad, servicio y confianza absoluta en la providencia divina, reflejando la esencia del espíritu franciscano en cada acción y en cada palabra. Su amor por la Eucaristía y su profunda compasión por los más necesitados hicieron de ella un ejemplo de santidad y entrega total al prójimo, convirtiéndola en una inspiración para generaciones enteras. Su beatificación en 2003 confirmó lo que muchos ya sabían: que su vida fue un verdadero testimonio del amor de Dios en la tierra. Hoy, su obra sigue viva en cada hermana que sigue sus pasos, en cada niño que recibe educación gracias a su legado y en cada corazón que encuentra en su ejemplo una invitación a vivir con fe, esperanza y caridad.